8 de febrero de 2018

De todos es sabido que un día la constante oscuridad,
 invadirá los ojos de quien hoy mira sereno.

Será un terror que todo lo abarca,
  y con un temblar que a veces se nos escapa.

Será un brillar tenue y tintineante, 
a penas con la energía de un latido final.

Una tenue brisa moverá,
 unos párpados inertes y sin tono.

 Una tensión rígida constante que cuando ya de nada sirve, 
cuando ya de nada vale, aún empuja a esforzarse.

 Conscientes son pues, de que ya no volverá a levantarse.
De que las mejores historias a veces no terminan en punto y a parte.
  
No creerán en lo que suceda, quizás, pues verán, 
les aseguro que sucederá, y de ello estoy convencido.

Llamas en ojos ajenos se retuercen de dolor,
 ante la sorpresa de los que callan y otros, con dificultad miran. 

Otros buscan el cobijo que no existió, 
en unos brazos fríos, dejados de la fuerza y sin ganas de tirar.

Sin más, lo ven llegar y saben que, pese a que callen, 
por todos el oscuro camino se recorrerá. 

Sin más se interpondrá y hasta el final, antes o después, 
con más o menos pena, con más agonía que alegría.

El cruel cruce entre olvido y paz se topa con lo eterno,
el camino angosto repleto de espinas que se clavan en la piel.

Hermanos en el silencio y guerreros eternos,
ambos títulos evaporados junto al resto del candil.

Y dime ¿Era eso lo último que quisiste decir?

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